| ISSUE # 2 | NOVEMBER 2002 | Appendix |
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Por Murray Bookchin
Hoy, cuando el anarquismo se ha convertido en le mot du jour en los círculos radicales, las diferencias entre una sociedad basada en el anarquismo y otra basada en los principios de la ecología social tienen que quedar claras. El auténtico anarquismo busca por encima de todo la emancipación de un individuo de toda coacción ética, política y social. Aún haciendo esto, sin embargo, fracasa a la hora de tratar la cuestión del poder, muy concreto y de suma importancia, al que se enfrontan todos los revolucionarios en un periodo de agitación social. Más allá de considerar como la gente, organizada en asambleas populares confederadas, puede capturar el poder y crear una sociedad libertaria plenamente desarrollada, los anarquistas conciben el poder como una perversidad maligna en esencia que tiene que ser destruida. Proudhon, por ejemplo, una vez afirmó que él dividiría y subdividiría el poder hasta que, de hecho, dejara de existir. Proudhon podía muy bien proponerse que el gobierno debería ser reducido a la mínima entidad que pudiera ejercer autoridad sobre la individualidad, pero su afirmación perpetúa la ilusión de que el poder puede, realmente, dejar de existir, una noción que es tan absurda como la idea de que la gravedad puede ser abolida.
Las trágicas consecuencias de esta ilusión, con la que ha cargado el anarquismo desde sus comienzos, pueden ser mejor entendidas examinando un evento crucial en la Revolución Española de 1936. El 21 de julio los trabajadores de Cataluña y especialmente los de su capital, Barcelona, derrotaron a las fuerzas del general Francisco Franco y, de esta manera ganaron el control completo sobre una de las regiones más grandes e industrializadas de España, incluyendo varias ciudades importantes a lo largo de la costa mediterránea y una área agraria considerable. En parte, como resultado de una tradición libertaria del lugar; en parte, como resultado de la influencia ejercida por la CNT-FAI, el sindicato revolucionario de masas español, el proletariado catalán procedió a organizar una enorme red de asambleas de barrios y comités de defensa, de distribución de suministros y de transportes, mientras en el campo el campesinado más radical (una parte considerable de la población agraria) tomaba el poder y colectivizaba las tierras. Cataluña y su población estaban protegidas de un posible contraataque por una milicia revolucionaria, la cual, a pesar de sus armas a menudo arcaicas, estaba suficientemente bien armada como para haber derrotado a un ejército rebelde y a una fuerza policial bien preparada y bien provista. Los trabajadores y campesinos de Cataluña, en realidad hicieron pedazos la máquina del estado burgués y crearon un gobierno o una política radicalmente nueva en la que ellos mismos podían ejercer un control directo sobre los asuntos públicos y económicos a través de sus propias instituciones. Digámoslo en términos muy francos: tomaron el poder, y no simplemente cambiando los nombres de las instituciones opresivas existentes, sino destrozando literalmente estas viejas instituciones y creando unas radicalmente nuevas cuya forma y sustancia dieron a las masas el derecho de determinar de forma real las operaciones económicas y políticas en su región.(1)
Casi automáticamente, los miembros combativos de la CNT dieron a su sindicato la autoridad para organizar y proporcionar dirección política a un gobierno revolucionario. A pesar de la reputación por indisciplina, la mayor parte de los miembros de la CNT, o cenetistas, eran más que anarquistas, sindicalistas libertarios; estaban fuertemente comprometidos con una organización bien estructurada, democrática, ordenada y coordinada. En julio del 36 actuaron, no sólo por lo que respecta a la ideología, sino, a menudo, por propia iniciativa para crear sus propias formas libertarias tales como consejos y asambleas de barrio, asambleas de fábrica, y una increíble variedad de comités extremamente desatados. Así rompieron con cualquiera de los moldes predeterminados que habían sido impuestos por ideologías dogmáticas en el movimiento revolucionario.
El 23 de julio, dos días después de que los trabajadores hubieran derrotado el levantamiento franquista local, un pleno regional catalán de la CNT se reunió en Barcelona para decidir que hacer con la política que estos trabajadores habían puesto en manos del sindicato. Algunos delegados de la región del Baix Llobregat (en las afueras de la ciudad) exigieron fervientemente que el pleno proclamara el comunismo libertario y el fin del viejo orden político y social: esto es, los trabajadores que la CNT pretendió liderar, ofrecieron dar al pleno el poder que ellos habían tomado y que los militantes de la sociedad habían empezado a transformar.
Aceptando el poder que le había sido ofrecido, el pleno hubiera estado obligado a cambiar el orden social completo en una área de España estratégica y de considerable tamaño que ahora estaba bajo el control de la CNT. Incluso sin ser más duradero que la “Comuna de Paris”, un paso como este habría producido una “Comuna de Barcelona” de dimensiones siquiera más memorables. Pero para el asombro de muchos militantes en el sindicato, los miembros del pleno fueron reacios a tomar esta decisiva medida. Los delegados del Baix Llobregat y el militante de la CNT Juan García Oliver intentaron, hasta el final, que el pleno proclamara el poder que ya poseía, pero la oratoria de Federica Montseny y los argumentos de Diego Abad de Santillán (dos líderes de la CNT) disuadieron al pleno de dar ese paso, denunciándolo como una “toma de poder bolchevique”.
La naturaleza monumental de este error debería ser plenamente comprendida, ya que revela todo lo que es internamente contradictorio sobre la ideología anarquista. Equivocándose al distinguir entre política y estado, los líderes de la CNT (guiados, en su mayor parte, por los anarquistas Abad de Santillán y Montseny) confundieron un gobierno obrero por un estado capitalista rechazando, de este modo, el poder político en Cataluña en un momento en que en realidad ya estaba en sus manos. Al rechazar ejercer el poder que ya había adquirido, el pleno no eliminó dicho poder, simplemente lo transfirió de sus propias manos a manos de sus “aliados” más traidores. Sin necesidad de enfatizar, las viejas clases dirigentes celebraron esta fatal decisión y, lentamente en otoño del 36, fueron retransformando un gobierno de obreros en un estado “democrático burgués” y, dadas las circunstancias, abriendo la puerta a un régimen estalinista autoritario creciente.
El histórico pleno de la CNT no sólo rechazó el poder que sus propios miembros habían ganado con un considerable coste en vidas. Dando la espalda de la forma más adolescente a un elemento crucial de la vida social y política, intentó reemplazar la realidad con un ensueño, no sólo al rechazar el poder político que los trabajadores ya habían puesto en las manos de la CNT, sino al no reconocer la propia legitimidad del poder y condenarlo como tal, incluso en una forma libertaria, democrática, como si fuera un mal sin amainar que debe ser eliminado. En ningún caso el pleno (o los líderes de la CNT) dio la más mínima evidencia de que supiera que hacer “después de la revolución”, para usar el título de la utópica disquisición de Abad de Santillán contra el propio comportamiento de su autor en el pleno. La CNT, en realidad, había propagado revoluciones y sublevaciones histriónicas durante años; a principios de los 30 se había levantado en armas una y otra vez sin tener ninguna perspectiva de ser realmente capaz de cambiar a la sociedad española, pero cuando por fin pudo tener un impacto significante sobre la sociedad, se quedó perpleja, casi huérfana por el gran éxito de sus miembros de clase obrera al conseguir los objetivos fijados en su retórica. Esto no fue una falta de valor; fue una falta de perspicacia teórica de la CNT-FAI en cuanto a medidas que hubiera podido tener para poder encargarse de guardar el poder que en realidad había adquirido, por supuesto, temió conservarlo (y, en el marco lógico del anarquismo, nunca debió haberlo tomado) porque buscaba la abolición del poder, no simplemente su adquisición por parte del proletariado y campesinado.
Si tenemos que aprender algo de este crucial error de los líderes de la CNT es que el poder no puede ser abolido, siempre es un elemento de la vida social y política. El poder que no está en manos de las masas debe, inevitablemente, caer en manos de sus opresores. No hay ningún armario donde se lo pueda esconder, ningún hechizo que lo pueda hacer evaporar, ninguna esfera sobrehumana donde pueda ser despachado, y ninguna ideología simplista que pueda hacerle desaparecer con conjuros místicos y morales. Los autodenominados radicales pueden tratar de negarlo, como hicieron los líderes de la CNT en julio del 36, pero permanecerá escondido en cada asamblea, se mantendrá oculto en actividades públicas, y aparecerá y reaparecerá en cada mitin.
A riesgos de repetirme, permitidme enfatizar en que la cuestión realmente pertinente a que hace frente el anarquismo no es si el poder existirá, sino si estará en manos de una elite o en manos de la gente, y si se le dará una forma que corresponda a los ideales libertarios más avanzados o será puesto al servicio de la reacción. Más allá de rechazar el poder ofrecido por sus propios miembros, el pleno de la CNT debió haberlo aceptado y legitimado y aprobado las nuevas instituciones que ya habían creado para que el proletariado y campesinado español pudiera quedarse con su poder económica y políticamente.
En su lugar, la tensión entre reivindicaciones metafóricas y dolorosas realidades se volvieron finalmente insoportables, y en mayo de 1937 resueltos trabajadores de la CNT en Barcelona se vieron envueltos en una batalla abierta con el estado burgués en una breve pero sangrienta guerra dentro de la misma guerra civil.(2) Finalmente el estado burgués sofocó la última mayor sublevación del movimiento sindicalista, matando cientos, sino miles, de militantes de la CNT. Nunca se sabrá cuántos fueron asesinados, pero lo que sí sabemos es que la internamente contradictoria ideología llamada anarcosindicalismo perdió la mayor parte de los partidarios que había tenido el verano de 1936.
Los revolucionarios sociales, lejos de eliminar el problema del poder desde su campo visual, deben tratar el problema de cómo dar al poder una forma emancipatoria institucional concreta. No decir nada en cuanto a esta cuestión y esconderse detrás de ideologías jubiladas que son irrelevantes al presente desarrollo capitalista en cabeza es, simplemente, jugar a la revolución e incluso burlarse de la memoria de los incontables militantes que lo han dado todo para llevarla a cabo.
Traducido por Mercè Cortina
1. Estos sindicalistas revolucionarios concebían los medios con los que habían llevado a cabo esta transformación como una forma de acción directa. A diferencia de los disturbios, lanzamientos de piedras, y violencia que muchos anarquistas hoy alaban como forma de “acción directa”, para ellos este término quería decir actividades constructivas y bien organizadas, directamente relacionadas con la administración de asuntos públicos. Acción directa, bajo su punto de vista, significaba la creación de una política, la formación de instituciones populares y la formulación y promulgación de leyes, regulaciones y eso mismo, lo cual auténticos anarquistas la consideraron un compendio de “autonomía” o “voluntad” individual.
2. En el año intermedio, los líderes de la CNT se dieron cuenta de que su rechazo al poder para el campesinado y proletariado catalán no incluía un rechazo al poder para ellos mismos como individuos. Bastantes líderes de la CNT-FAI estaban, en realidad, de acuerdo con participar en el estado burgués como ministros y estaban ocupando cargos cuando sus miembros eran reprimidos en la batalla de Barcelona en mayo de 1937.